
Esta soy: el camino que me llevó a
Fayoga
Inspiración y bienestar
Un espacio creado para acompañarte más allá de la práctica. Aquí encontrarás reflexiones, consejos y herramientas para conectar con tu cuerpo, aquietar la mente y cultivar una vida más consciente, equilibrada y en armonía contigo.

Sobre mí
Fabiola

Durante mucho tiempo pensé que mi historia estaba hecha de caminos diferentes: la universidad, el periodismo, la maternidad, el trabajo, el yoga, el movimiento, las emociones y las búsquedas personales.
Hoy sé que nunca fueron caminos separados. Eran partes de una misma historia que, con los años, comenzaron a encontrarse.
Quizás por eso FAYOGA no nació de una idea, sino de una experiencia. De mi propia vida y de la necesidad de conocerme, escucharme y descubrir que el bienestar no consiste solamente en sentirnos bien cuando todo está bien.
También es aprender a acompañarnos cuando la vida nos desafía.

El cuerpo comenzó a hablarme
Hubo etapas en las que tuve que enfrentar distintas dificultades de salud, algunas físicas y otras emocionales. Con el tiempo descubrí cuánto se relacionaban ambas dimensiones.
Empecé a observar que aquello que ocurría en mi mente podía expresarse en el cuerpo; que las emociones no desaparecen porque las ignoremos; que el cuerpo guarda, expresa y avisa. Muchas veces, aquello que no logramos decir con palabras encuentra otra manera de manifestarse.
¿Qué puedo hacer yo con aquello que me está pasando?
No para tener el control absoluto de la vida —porque siempre habrá algo inesperado—, sino para reconocer esa parte de nuestro bienestar que sí podemos cultivar.
Aprendí que cuidarme también era una forma de conocerme, quererme, priorizarme y elegirme. Empecé a observar mis dolores, mis tensiones, mis emociones, mis pensamientos y mis ritmos.
Una rodilla me recordó que el cuerpo cambia con los años. La espalda algunos días amanecía más cansada. Un movimiento que antes hacía sin pensar comenzó a requerir atención. Un esguince, una lesión, una enfermedad o simplemente un período de cansancio podían modificar la manera en que habitaba mi cuerpo.
Y entendí algo que quizás muchas personas descubrimos al dejar atrás la juventud: el cuerpo ya no responde como cuando éramos adolescentes, y eso no tiene por qué ser una tragedia. Puede ser un despertar.
Cuando el cuerpo cambia, también podemos cambiar nuestra manera de relacionarnos con él. Dejar de exigirle. Escucharlo. Reconocer sus límites sin pelear con ellos. Y preguntarnos:
¿Cómo puedo acompañar a mi cuerpo en esta etapa de mi vida?
Esa pregunta transformó mi manera de mirar el bienestar.
Cuidarnos también es participar
Mi búsqueda no significó negar la medicina. Creo en ella y en la importancia de recurrir a ella cuando corresponde. Hay situaciones que necesitan un diagnóstico, un tratamiento, un medicamento, una urgencia o una intervención médica. Y qué maravilloso es poder contar con ello.
Para mí, el bienestar no consiste en elegir entre la medicina y nuestras propias herramientas de autocuidado. Se trata de comprender que pueden complementarse.
Podemos movernos, respirar, descansar, alimentarnos, observar, regularnos, reconocer nuestras emociones, crear espacios de pausa, cultivar vínculos y aprender a escuchar las señales que el cuerpo entrega antes de que tenga que gritarnos.
No se trata de creer que podemos solucionarlo todo por nosotros mismos. Se trata de recuperar una parte de nuestra participación en el cuidado de nuestra vida.
Cuando entendí que las emociones también habitaban el cuerpo, mi curiosidad me llevó cada vez más profundamente hacia ese mundo.
Comprendí que no somos compartimentos separados. No somos una cabeza, por un lado, un corazón por otro y un cuerpo caminando por separado.
Somos una totalidad.
Lo que pensamos puede influir en lo que sentimos. Lo que sentimos puede transformar nuestra manera de habitar el cuerpo. Y el cuerpo también puede ayudarnos a modificar cómo nos sentimos.
Ese descubrimiento fue profundamente revelador. Porque cuando comprendemos nuestros procesos, disminuye el miedo. Ya no todo nos toma por sorpresa.
Podemos observar, reconocer, anticiparnos, pedir ayuda y desarrollar herramientas.

Y cuando tenemos herramientas, la vida se abre a nuevas posibilidades.
Mi cuerpo se convirtió en un territorio de aprendizaje
Mientras más aprendía sobre mí, más curiosidad sentía por comprender a otras personas. Comenzaron a llegar a mi camino personas con dolores, limitaciones, historias, cuerpos y emociones diferentes. Cada una fue ampliando mi mirada.
Me preguntaba:
-
¿Qué necesita este cuerpo?
-
¿Qué movimiento puede acompañarlo?
-
¿Qué postura puede adaptarse?
-
¿Qué respiración puede ayudar?
-
¿Qué emoción está presente?
-
¿Qué podemos hacer para que esta persona se sienta un poco mejor consigo misma?
Así fui profundizando en el estudio del cuerpo, las emociones y el movimiento. Cada disciplina me entregó un lenguaje diferente.
El yoga me enseñó a habitar. La biodanza me enseñó a expresar. El chi kung me acercó a la energía, la respiración y el movimiento consciente. La meditación me enseñó a observar. La relajación me mostró el valor de soltar. El masaje y otras herramientas corporales me enseñaron que también podemos acompañar el bienestar desde el contacto y la presencia.
No veo estas disciplinas como piezas aisladas. Las veo como distintas puertas de entrada hacia un mismo lugar: volver a nosotros mism@s.
De ahí nació mi propia manera de acompañar.
No quería repetir mecánicamente lo aprendido.
Quería experimentar, observar, integrar y preguntarme qué podía tener sentido para una persona determinada, en un momento determinado de su vida.

Porque no todos los cuerpos ni todas las historias son iguales. No todos necesitamos lo mismo.
Por eso hoy no quiero enseñar solamente ejercicios. Quiero entregar herramientas para la vida: prácticas que tengan sentido, sesiones que puedan ayudar a recuperar movilidad, respirar, disminuir tensiones, sentirse más fuerte, conectarse con el cuerpo, reconocer lo que se siente y recuperar confianza.

Porque cuando aprendemos a escucharnos,
también empezamos a tomar decisiones diferentes.
Fayoga: volver a ti

Hoy miro mi recorrido y entiendo que FAYOGA es la síntesis de muchas partes de mí.
De la mujer que estudió.
De la periodista que aprendió a comunicar y escuchar historias.
De la madre que aprendió a sostener, acompañar y seguir adelante junto a su hijo
De la mujer que atravesó momentos difíciles.
De la estudiante eterna.
De la instructora y facilitadora.
De la mujer que también ha sentido miedo, dolor, incertidumbre y cansancio.
De la hija otro de los grandes territorios de aprendizaje
De la amiga que conoció otra forma de sostener y ser sostenida, de distancias, pérdidas, silencios y reencuentros
Mi historia está construida desde haber aprendido a relacionarme de otra manera con aquello que la vida me ha presentado y no desde la idea de haberlo superado todo.
No creo que el bienestar sea vivir sin dolor ni controlar todo lo que nos ocurre. Creo que es aprender a estar con nosotros mismos cuando la vida cambia.
Es reconocer nuestros recursos. Escuchar el cuerpo antes de que tenga que gritar. Permitirnos sentir. Pedir ayuda. Aprender. Movernos. Descansar. Respirar. Volver.
Es acompañarte a descubrirlo.
Con movimiento. Con respiración. Con conciencia. Con escucha. Con herramientas. Con humanidad.
Si algo me ha enseñado la vida es que no existe una sola manera de cuidarnos, de sanar o de estar bien. Cada persona tiene su propio camino.
Mi propósito no es decirte cuál es el tuyo.
Y volver. Y volver. Y volver.
Ese es mi camino.
Antes del yoga: la mujer que ya estaba buscando
Mi camino hacia el yoga nació mucho antes de conocerlo. Desde pequeña sentí una profunda conexión con mi mundo interior. Podía pasar horas sola, imaginando, leyendo y explorando historias místicas, la naturaleza y aquello que despertaba mi curiosidad.
Con los años, la vida me llevó por caminos que parecían muy diferentes. Soy periodista, tengo un Magíster en Alta Dirección Pública y distintas certificaciones. Trabajé durante años en ese mundo y fui muy buena en lo que hacía. Era exigente, comprometida y trabajadora. También disfrutaba de mi profesión.
Pero cuando fui madre, y especialmente cuando mi hijo comenzó a crecer, algo dentro de mí empezó a cuestionar el ritmo de vida que llevábamos. Me pregunté si realmente quería seguir viviendo de esa manera. Y tomé una decisión difícil: elegir una vida con más tiempo, presencia, libertad y coherencia con lo que necesitábamos.
Fue comenzar nuevamente.
Durante un tiempo pensé que estaba dejando atrás el periodismo. Con los años comprendí que no era así. Soy tan periodista como instructora y facilitadora de yoga y biodanza.
Lo que alguna vez viví como una separación terminó convirtiéndose en una reconciliación.
Hoy ambas partes conviven creativamente en FAYOGA: mi capacidad de comunicar, investigar y escuchar historias, junto con mi experiencia en el cuerpo, el movimiento, las emociones y la conciencia.
Elegir este camino no fue fácil. Hubo salas con una sola alumna y también días sin ninguna. Hubo dudas, miedo y momentos en que tuve que volver a preguntarme si estaba en el lugar correcto.
Pero también hubo perseverancia, amistades, aprendizaje y muchas personas que fueron confiando en mí. Me fui armando y desarmando muchas veces.
Y hoy, al mirar a mi hijo ya adulto y ver la persona en la que se ha convertido, siento que todo ese recorrido adquiere un sentido nuevo.
La mujer que soy también nació de haber aprendido a cuidarme, de mirar mis procesos emocionales y mis heridas con mayor amor y de elegir conscientemente qué quería transformar y qué quería conservar.
Descubrí que este camino no tiene una línea de llegada. Es un andar a veces misterioso, hermoso, silencioso y desafiante.
Y las lágrimas también cambiaron. Algunas siguen apareciendo, pero muchas veces ya no hablan de tristeza profunda. Hablan de alivio, de calma, de gratitud, de renacer.
El cuerpo lo siente. El alma también.
Esta soy yo...
Soy una mujer que sigue aprendiendo.
Una mujer que atravesó estructuras rígidas, que aprendió a reconocerse después de haber vivido durante mucho tiempo desde la exigencia y que hoy elige relacionarse consigo misma desde un lugar más amoroso. No reniego de quien fui. La honro.
Porque todo lo vivido —lo fácil y lo difícil, las decisiones acertadas y las equivocadas, las pérdidas, los aprendizajes y los comienzos— me trajo hasta aquí.









